lunes, 22 de octubre de 2012

Reconocer la voz de Dios

Muchas cosas había vivido Abraham a lo largo de sus cien años de vida. Sus ojos habían escudriñado minuciosamente el mundo y sus pies recorrido miles de millas a lo largo de la tierra conocida entonces. Pero de todo lo más impactante, quizá, fue procrear un hijo con su también centenaria esposa Sara, quien lo acompañaba desde la juventud. Ya ninguno de los dos esperaba que la matriz de la mujer fuera abierta cuando nació Isaac, ese muchacho que encontró a sus padres en la última etapa de sus existencias, y, no obstante, vigorosos y con capacidad de emoción por la inocencia de su sonrisa. A lo mejor ambos ancianos creyeron que con el nacimiento del chico había llegado la añorada tranquilidad hogareña. La Biblia no lo consigna; sin embargo, tal vez ellos pensaron que a partir de ese momento todo se resumiría en ver crecer al vástago hasta convertirse en un hombre de bien y nada más. A fin de cuentas, el camino andado hasta ese momento era suficiente para que el “Padre de multitudes” recibiera también el apelativo de “Padre de la fe”. Los planes de Dios, por el contrario, eran otros: Abraham todavía tenía que demostrar la autenticidad de su fe y de ese modo marcar para la eternidad las generaciones que prefiguradas en Isaac salieron de sus lomos. Las Escrituras están llenas de situaciones dramáticas, a pesar de que la mayoría de las veces no somos capaces de notarlo por nuestras metódicas e insulsas lecturas. Mas, me atrevo a asegurar que ningún pasaje tiene mayor contenido emotivo que aquellos dos, conectados entre sí, en que como un cordero de sacrificio el Hijo es llevado al altar por el Padre. Alrededor de dos mil años antes de la muerte de Jesucristo en la cruz del Calvario, Abraham e Isaac vivieron en carne propia la intensa batalla espiritual librada en los cielos y la tierra, cuyo fin primordial era redimir a la raza humana del pecado y abrirle la puerta de acceso a la eternidad. El capítulo 22 de Génesis amerita una lectura detenida, reflexiva, reverente. En apenas 18 versículos el Espíritu Santo revela la profundidad y grandeza del pensamiento divino. Más allá de una impactante historia de un padre y un hijo obedientes, sumisos, íntegros y todo lo que se quiera agregar en elogio de Abraham e Isaac, se trata de una abierta exposición del amor del Altísimo por nosotros. Pero, definitivamente, este hecho no hubiese tenido lugar sin ese hombre cuyo oído estaba adiestrado para escuchar la voz de Dios. Si lográramos un análisis de la curva dramática de los más de 10 capítulos que Génesis dedica a Abraham, podríamos concluir que el punto máximo lo alcanza, precisamente, el pasaje donde el amigo de Jehová lleva a su hijo al Monte Moriah. Podríamos entender, entonces, que todo lo narrado acerca de él, con anterioridad, tiene un propósito primordial: mostrarnos el proceso de preparación para ese momento cumbre. Proceso que es también el seguido en la maduración de su trato con el Señor. A veces nos preguntamos cómo Abraham pudo asegurarse que quien le estaba pidiendo al vástago de la promesa en sacrificio, era el mismo que se lo había dado. ¿No era acaso un sinsentido haberlo ilusionado en su vejez avanzada con un hijo al que tal vez ya no aspiraba, para luego arrebatárselo siendo aquel apenas un adolescente? ¿Por qué derramar la sangre de Isaac, si el anciano podía ofrecerle con gusto los corderos limpios y sanos que desease? Cuántas interrogantes que apuntan a la rebeldía, en la mente de alguien que no está acostumbrado a escuchar la voz de Dios y a platicar con El hasta el punto de influir en Sus decisiones. A pesar de que la petición divina escapaba al entendimiento humano, la Biblia no consigna la mínima duda de parte de Abraham a la hora de obedecer. El simplemente hizo los preparativos para el viaje, tomó camino junto a su comitiva, y cuando curioso y escéptico Isaac le preguntó, respondió con la ternura del padre enfrentado a una situación extrema y con la sabiduría que emana de la fe auténtica en quien lo había enviado: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío”. El Señor sabia con quien trataba. Tantos años de entrenamiento no habían sido en vano. Atrás había quedado aquella historia de Egipto, cuando pudo más la picaresca para conservar la vida, que el celo por la esposa y que la esperanza de una intervención de quien lo había mandado a salir de su casa y parentela. Incluso, ya había sido zanjado el caos hogareño creado con el nacimiento de Ismael y las fallidas relaciones entre Sara y Agar. Dios sabia quien era Abraham, conocía su corazón, tenía la certeza de que podía pedirle lo más preciado de su vida. Por su parte, el hombre reconocía el timbre de la voz divina con facilidad. No podía haber equivoco al cabo de tantos años de relación fructífera. Si había sido capaz de identificarla y obedecerla cuando habitaba en Ur de los Caldeos, cuanto más en ese tiempo en que eran usuales sus conversaciones, al extremo de sentirse el Señor en la obligación de descubrirle Sus planes para con Sodoma y Gomorra, actitud propia de amigos entrañables. No había error, era Jehová quien le decía: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré”. El de Abraham no es el único caso de un escogido que sabe identificar la voz de Dios. Las Escrituras están llenas de ejemplos, como el de Moisés, Samuel, David, los profetas. Pero todos, a pesar de vivir en épocas diferentes y tener roles disímiles en el plan divino, poseen un denominador común: la fe cimentada y edificada en una relación íntima con el Señor. El mismo Jesucristo sostuvo Su ministerio terrenal sobre esa base. Sus enseñanzas, señales y milagros tenían lugar después de largas noches de oración intensa y desgarrada. De ahí que nunca hiciese nada fuera de la expresa voluntad del Padre: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe Su obra”, dijo a Sus discípulos. Con toda confianza y autoridad, Jesús expresó Su unidad con el Padre, y al declararse como El Buen Pastor, aseguró: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”. De modo que el único modo de seguir y darnos a conocer con el que nos guía, es oyendo Su voz. ¿Y cómo vamos a oír y obedecer a nuestro Señor, sino es en una vida de plena comunión con Él? He ahí el secreto de Abraham y de los demás hombres de Dios, quienes dejaron de ser personas comunes cuando aprendieron a identificar la voz del que los llamó.

lunes, 16 de julio de 2012

Efecto Bumerán

Como una avalancha, que luego de arrancar desde la cumbre de la montaña no hay quien la detenga y cada vez se hace mayor, es el tráfico de mujeres y niñas con destino al comercio sexual. Las estadísticas hablan por sí solas y las fronteras son testigo del continuo fluir de esta mercancía codiciada por muchos. Ya sea por la complicidad de las autoridades o por la destreza de los traficantes para enmascarar su ilegalidad, cada vez son más las féminas que como parte del paisaje urbano ofrecen sus servicios. Las organizaciones feministas no se ponen de acuerdo. Unas proponen legalizar la prostitución, algo que sería como echarles un brazo sobre el hombro a los tratantes y proxenetas. Otras arremeten con odio en contra de los hombres, pretendiendo excluirlos de sus vidas, como si tal fuera una respuesta adecuada. Algunas consideran la urgencia de un cambio en el discurso socio-cultural, en pos de la modelación de una mentalidad renovada en las nuevas generaciones. Se habla del “efecto bumerán” por el feminismo a ultranza. Pero más allá de los foros, las discusiones y debates, existe una realidad tajante y cruel, que exige de acciones urgentes y mancomunadas. No son las mujeres las abusadas ni los hombres los abusadores, es el género humano el agredido por nosotros mismos. No basta con no consumir sexo comercial ni pornografía. No es suficiente con erigirnos ciudadanos modelos, padres e hijos ejemplares. Se hace necesario actuar. El verdadero “efecto bumerán” que nos retrotrae y hace cómplices de las nuevas formas de esclavitud, es nuestra indiferencia ante lo que destruye a la humanidad.

domingo, 15 de julio de 2012

En la retaguardia

Llevada al cine por Francisco Lombardi, la novela ‘Pantaleón y las visitadoras’, de Mario Vargas Llosa, cuenta la creación de un cuerpo de prostitutas para servir a los soldados destacados en las selvas peruanas. Con un trasfondo humorístico y con mucho festín por parte de las mujeres y los rasos, la obra deja la idea de que solo a un escritor con gran talento y vis cómica se le puede ocurrir algo así. Sin embargo, estudiar la historia bélica demuestra que Vargas Llosa apenas reflejó algo que quizá tenga raíces verdaderas en su país de origen, pero que desde la Segunda Guerra Mundial es una práctica usual. Todo parece indicar que fueron los japoneses quienes pusieron en práctica por primera vez, la idea de levantar la moral de sus soldados en el campo de batalla a través del sexo. Eso trajo consigo la esclavización sexual de entre 150 mil y 200 mil mujeres, oriundas de múltiples países asiáticos, cuya manera de servir a la causa en aquella contienda, era dándole placer a los hombres que peleaban bajo la bandera del sol naciente. A partir de entonces, en la retaguardia de casi todos los ejércitos que van a la guerra, es posible encontrar a las comfort women, como se les llama eufemísticamente, con la pretendida intención de ennoblecer la situación de las miles y miles de féminas que son traficadas, vendidas, reclutadas, obligadas a satisfacer los instintos sexuales de los soldados. Lo bochornoso es que existen evidencias de que incluso el ejército norteamericano está involucrado en este escandaloso asunto, pues aunque oficialmente no maneja burdeles ni casas de citas, sí recibe el servicio de contratistas civiles cuyo negocio es la trata y la prostitución enmascaradas detrás de falsas fachadas.

sábado, 14 de julio de 2012

La gran oferta

La oferta y la demanda son elementos inseparables de una ley económica que rige los mercados. Uno depende del otro y están llamados a complementarse en cada acción mercantil. Hoy día los mercados se han diversificado y especializado de tal manera que basta con desear algo para tenerlo a la mano. Lo anterior es algo que se cumple a pies juntillas en el mercado del sexo. No hay deseo, capricho o aberración por parte de un individuo, que no sea satisfecho en el mundo de la prostitución y la pornografía. Este es un ámbito en el que no existen límites. Incluso, tal y como ocurre en los mercados comunes, los comerciantes juegan con la creación de “novedades” para despertar y estimular la demanda (No es un secreto que el comercio sexual ha alcanzado estándares similares y, en ocasiones superiores, al de armas y drogas, históricamente los ocupantes de los primeros puestos). Esta imparable carrera por ganar dinero a toda costa, es la responsable en gran medida de que las mujeres adultas hayan dejado de ser la oferta más lucrativa de los comerciantes del sexo. Los menores de ambos géneros, se han convertido en la gran oferta, pues además de satisfacer a la corrupta clientela, deja cuantiosas ganancias.

viernes, 13 de julio de 2012

Negocio de Estado

Un pulpo de múltiples y alargados tentáculos abraza al planeta tierra. Es la representación gráfica de las rutas del tráfico de mujeres, niñas y niños, destinados a la explotación sexual. Un interminable flujo que va de los campos a las ciudades, de las ciudades a los balnearios, de los países pobres a los ricos, de América del Sur a América del Norte, de África a Europa, de Europa del Este a Arabia, de Asia a… Es como si la humanidad entera se moviera con una meta única: el sexo. En muchos países la prostitución es ilegal y en otros, como Turquía, los prostíbulos son manejados por el gobierno y representan una jugosa fuente de ingresos a las arcas estatales. Pero más allá del tratamiento oficial al ejercicio del denominado oficio más antiguo, está el truculento submundo que se mueve alrededor de este negocio y que salpica con sus ganancias no solo a los proxenetas y traficantes, quienes a veces constituyen los eslabones más débiles o visibles de la cadena. Una profunda investigación de las redes de tráfico humano con fines sexuales, puede dar más de una sorpresa. Especialmente porque pueden conducir a personajes públicos de renombre en la política o en áreas de prominencia social. Algunos de estos son accionistas directos del negocio, y un buen número consumidores comprometidos con los dueños de burdeles y establecimientos. Muchas campañas políticas han sido respaldadas por el dinero sucio de la trata de personas. No en balde las fronteras transnacionales son cada vez más porosas y los capos de la trata cada vez más intocables.

jueves, 12 de julio de 2012

I dream a dream (Víctimas de sus sueños)

Cada año se cuentan por miles las adolescentes y mujeres, que son arrancadas de sus hogares y vendidas a las redes nacionales e internacionales de tráfico y prostitución. La mayoría nunca más vuelve a ver a sus familiares. Algunas “afortunadas” regresan al cabo del tiempo, magulladas por los maltratos físicos y psicológicos, y con una insoportable carga de frustración doblándoles las espaldas. El modus operandi de los secuestradores es invariable: promesas de buenos trabajos y de una vida alejada de la pobreza, que seducen a las muchachas y a sus adultos. Los testimonios de aquellas que han logrado huir o de las que aun sometidas tienen la valentía de contar sus historias, hablan de sueños convertidos en pesadillas. El mundo de oropel que venden los medios de comunicación, al estilo del viejo cuento infantil de ‘Cenicienta’, deviene meta para las jóvenes nacidas y crecidas en medio de familias de pocos recursos económicos. Y esa brecha forjada a base de ilusión, falsedad y apariencia, es aprovechada para transformar a las incautas en esclavas desechables de un mundo real, duro, aplastante.

miércoles, 11 de julio de 2012

¿Cuál es la diferencia?

Estados Unidos fue el primer país en el mundo, que decidió legislar acerca de la publicación en Internet y otros medios de comunicación, los datos y fotografías de aquellas personas que han cumplido sentencia por depredación sexual. La denominada Ley Megan, aprobada por el presidente Bill Clinton, y que lleva el nombre de una niña de siete años, violada y asesinada en 1994, en Hamilton Township, Nueva Jersey, ha sido imitada o seguida por otras naciones occidentales, que han creído más importante proteger a los infantes que a los delincuentes. Aunque sujeta a fuertes debates políticos y mediáticos en los diferentes países que han optado por esta medida extrema, al final en la mayoría ha primado el acuerdo de poner coto a una tendencia que lamentablemente muestra cifras crecientes en todas partes. Basta con mirar el mapa de los abusadores de niños en cualquier ciudad o vecindad norteamericana, accesible en la página web de Family Watch Dog (www.familywatchdog.us), para despertar a una realidad alarmante. Calificados como enfermos mentales por unos, como inadaptados sociales por otros, documentados por la literatura científica y las leyes, y sometidos a tratamientos psiquiátricos, por lo general los depredadores sexuales reciben el rechazo de la sociedad, cuyas leyes morales se levantan contra las manifestaciones de abuso infantil. Sin embargo, habría que preguntarse cuál es la diferencia entre estos individuos y aquellos que se hacen cómplice de la explotación sexual comercial de menores, al disfrutar del turismo sexual en países caribeños, asiáticos e, incluso, occidentales.